El mar hervía en el interior de aquella espelunca, y la ola producía el estruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte. Recalde estaba aterrado, demudado.

Es la puerta del infierno—dijo en vascuence, en voz baja, y se santiguó varias veces.

Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. El me miró, algo asombrado de mi serenidad.

—¿Qué hacemos?—murmuró.

—¿No habrá sitio donde atracar?—le pregunté.

Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba desesperadamente, vió una especie de plataforma, que seguía formando una cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.

Nos acercamos a ella.

—A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba—me dijo Recalde.

Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.