—¿Si echáramos el ancla?—me preguntó mi compañero.
—¿Para qué? Aquí debe haber mucho fondo—contesté yo.
Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero?—preguntó.
Recalde estaba deseándolo.
—Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta—le dije yo, indicando aquella especie de balcón.
Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre las piedras. Subí yo por la cuerda a la plataforma, y después él. Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, y descansamos.
Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de lapas, que corría en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unos pasos más adentro, en su borde, había un tronco de árbol, lo que me dió la impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna parte. El Cachalote, abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marchar hacia el fondo de la gruta, dió en una piedra y se hundió rápidamente.
Yo me adelanté unos metros.
La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de árbol carcomido en el borde.