—Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado—dije yo.
—Vamos—repitió Recalde, tembloroso.
Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar, había empeorado. Avanzamos con precaución, afirmando el paso; al principio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa. Las olas entraban y hacían retemblarlo todo; rugían furiosas, con su voz ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecía una algarabía infernal de clamores y de lamentos.
A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de nosotros
una pálida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta las pirámides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y, abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración de monstruos de plata revolviéndose en un torbellino. Era realmente extraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y su ruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la gruta.
—Mira, mira—le dije a Recalde.
Mi amigo, temblando, murmuró:
—Shanti, volvamos atrás.
—No, no—le contesté yo—. Aquí debe haber un agujero por donde viene la luz.
El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo había andado por allí gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de una chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos de tramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, y yo subí después de él, ayudándome de la cuerda.