—Está bien—dijo con dignidad—. No le preguntaré a usted nada más. Me voy.

—Es que yo no le conozco a usted—repliqué—; no le veo la cara. No tengo motivos para tener confianza.

—Y si me viera usted la cara, ¿tendría más confianza?

—Según.

La máscara me llevó a un extremo del salón y se quitó la careta. Era una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.

—Tiene usted unos ojos soberbios—le dije.

—¿De verdad?

—Sí. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que estoy enamorado.

—¿Está usted enamorado?