Ajustada la cantidad, que se depositaba en casa de un comerciante de la calle de la Montera, don Carlos Doyt, la plaza recaía, como era natural, en el designado por doña Luisa.
Durante el tiempo en que Macanaz fué ministro se hizo este sencillo tráfico, hasta que se descubrió el chanchullo y el hombre fué enviado desde el ministerio al castillo de La Coruña.
Si hubiera sido liberal lo hubieran ahorcado; pero Fernando VII tenía una manifiesta simpatía por los pillos; probablemente por pertenecer él a la cofradía.
La maquinaria inventada por Macanaz y su ama de llaves, doña Luisa Robinet, no desapareció, y fué a parar a unas monjitas que se entendían con uno de la camarilla llamado Corpas.
María fué a visitar a Corpas y nos contó lo que habían hablado.
—Le he dicho que mi marido está sin destino; hemos conversado largo rato, y me ha indicado que vuelva—nos dijo—. Uno de ustedes tendrá que acompañarme otro día.
—¿Cree usted que hay que ir?—le pregunté a Aviraneta.
—Sí—contestó él—. Estamos expuestos a que nos engañen y a que intenten jugar con nuestra baraja. Juguemos nosotros también con la suya.
—¿Pero podremos desenvolvernos?—pregunté yo.
—Sí; no tenemos que dar explicaciones a nadie. En estos casos hay que defenderse como el calamar, obscureciendo el agua de alrededor.