Era durante la privanza de Ugarte, el favorito que había sido basurero y que compartía la confianza de Fernando VII con una persona tan distinguida como Chamorro, Pedro Collado, el ex aguador de la fuente del Berro.
Un día Corpas, cansado de esperar, se decidió; se puso el tricornio como lo llevaban los palaciegos y entró en la cámara regia. Saludó al favorito Ugarte con desembarazo.
Ugarte creyó que aquel hombre pasaba con la venia del rey; Corpas, al entrar Fernando, avanzó al mismo tiempo que el favorito y le besó la mano. El monarca pensó que el nuevo cortesano era algún amigo y protegido de Ugarte.
Cuando Ugarte supo que nadie había presentado al audaz palaciego, intentó prenderlo y llevarlo a pudrirse a un calabozo; pero Corpas se contaba ya entre los amigos de Fernando y entre los íntimos de Don Carlos.
En su conferencia con Aviraneta, Corpas parece que comprendió que tenía delante un hombre útil, y quiso aprovecharlo. Le dijo que volviera a su casa solo, y en la conversación que tuvieron los dos le habló de que sería conveniente saber si se conspiraba en Madrid, y le indujo a que, en unión de Freire, hiciera algunas averiguaciones.
A los ocho días, Aviraneta era el hombre de confianza de Corpas.
Corpas tenía a Aviraneta por un hombre útil y cándido, cuyos servicios iba a aprovechar y a pagar con esperanzas.
Aviraneta le daba informes confusos a Corpas, y éste le aconsejaba que entrara, que se metiera en los rincones donde se conspiraba, a enterarse de lo que ocurría.
Aviraneta le pidió a Corpas un papel, autorizándole para hacer investigaciones en los centros masónicos y revolucionarios, y Corpas se lo dió, escrito por una letra que no era la suya, y como hombre que no reparaba en medios, falsificó la firma del superintendente de policía.