—Sí. ¿Eso qué importa?—preguntó Arquez.
—Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos directamente vamos a dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la policía. Se comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres han venido de aquí; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos descubiertos.
—¿Qué hacemos entonces?—pregunté yo.
—A ver qué se les ocurre a ustedes—dijo Aviraneta.
A mí no se me ocurrió nada.
Después de un rato Eugenio indicó:
—Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el tejado y baje por la cañería al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que vaya por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo veré de sujetarla a aquel árbol del huerto. Ustedes tendrán que bajar colgados de la cuerda.
—Esto es fácil—dije yo.
—La vuelta para ustedes será más difícil—repuso Aviraneta.
—No, tampoco. Lo difícil es lo de usted. Se puede usted matar bajando por la cañería.