—No; he bajado algunas veces de chico.

—¿Y subir, cómo va usted a subir después? ¿Otra vez por la cañería? No puede ser.

—No; verá usted, vamos a hacer otra cosa; esta soga es larga. Yo bajaré al ángulo del huerto, rodearé una rama fuerte de ese árbol con la cuerda y echaré el otro extremo al balcón. Si ponemos cuerda doble, yo vendré también por la soga y la retiraremos desde aquí. ¿No le parece a usted?

—Sí; eso, sí.

Atamos un extremo de la cuerda al balcón, que era fuerte, y Aviraneta desapareció. Al poco rato asomó la cabeza por encima del alero y dijo:

—¡Bueno, venga la cuerda!

Se la echamos, y notamos que se la llevaba. Como la noche estaba tan obscura no se le veía. Oímos un ruido de algo que se rompe.

—Ese hombre se va a matar—pensé yo.

No siguió el ruido, y a los pocos minutos un extremo de la soga dió un latigazo en el balcón.

—¿Está usted ya?—preguntamos Arquez y yo.