—Sí.

—Habernos avisado. ¿Se ha hecho usted daño?

—Nada. Allá va eso.

La cuerda pasó de nuevo por encima de nuestras cabezas y la cogimos al aire.

Atamos este otro extremo en el balcón y Arquez y yo saltamos fuera del barandado y pasamos. Yo llevaba colgada al cuello la linterna, encendida y herméticamente cerrada. Llegamos fácilmente al árbol, bajamos por el tronco y avanzamos por el claustro, alumbrados por un hilo de luz de la linterna, hasta la puerta que daba a la plaza de la Cruz Verde. Quedamos allí, mirando por las rendijas, esperando.

A la una menos minutos apareció la gente de los dos triángulos sospechosos. Venían embozados y no pudimos conocer quiénes eran. Poco después se presentaron los de la Ronda y se echaron sobre ellos.

La sorpresa de unos y otros fué grande. Vimos claramente que se entendían y estaban de acuerdo.

No había que saber más y nos preparamos a volver al balcón. Los tres, uno tras otro, haciendo ejercicios gimnásticos, subimos al árbol y, avanzando por la cuerda, llegamos a la galería; retiramos la cuerda, cerramos el balcón y nos encerramos en el cuarto de Aviraneta. Tenía éste las manos llenas de sangre. Hice yo que se las lavara y le puse un poco de tafetán en las desolladuras. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, salimos Arquez, Aviraneta y yo de la casa. En seguida se mandó este aviso a los conocidos y a los no desconocidos:

«Los triángulos 12 y 13 son traidores.»