—¿Qué es esto?—preguntó el Majo.

—Dentro de un cuarto de hora lleva estas botellas al cuarto donde estamos; di que las has encontrado, y tú no bebas el vino, y ponte cerca de mi amigo, y que no beba tampoco él.

Efectivamente, así se hizo. Minutos después, el Majo salió, y entró de pronto con las botellas en la mano.

—¿Quién ha traído esas botellas?—dijo.

Nadie sabía quién las había traído. Muchos pensaron que era un regalo del padre Madruga; quizá éste y Freire creyeron que las había enviado Corpas.

Aviraneta seguía haciéndose el indiferente. Se abrieron las botellas; dos eran de vino obscuro, y dos, de aguardiente. Se trajeron unos vasos.

—¿Es vino de Málaga? ¡Venga!—dije yo, pensando cobrar ánimos.

Iba a beber, cuando sentí que el Majo me pisaba el pie. Volví a levantar el vaso, y volvió la presión del pie. Entonces, disimuladamente, vertí el vino en el suelo.

Aviraneta y el Majo enjuagaron sus copas y bebieron aguardiente.

El fraile bebió un vaso de vino y luego murmuró: