—Está bueno, pero tiene un gusto raro. Parece vino de botica.

—¡Pues el aguardiente está bueno!—exclamó el Majo.

—¡Ya lo creo!—dijo Juan y Medio, el gigantón—, y el vino, también.

Yo no sabía qué pasaba. Tan pronto me parecía que estaba presenciando algo horrible; que Aviraneta envenenaba a todos los comensales, como que no ocurría nada.

La influencia del vino y el aguardiente hizo la conversación más animada.

A eso de las once, la mayoría de los reunidos acordaron marcharse.

—¡Bueno, vámonos!—me dijo Aviraneta.

Pensé en si Eugenio no se habría dado cuenta del peligro de la calle e intenté hablarle. No pude allí dentro. Salimos un grupo bastante grande del cuartucho y comenzamos a bajar la escalera.

Al llegar al portal, Aviraneta dijo:

—¡Caramba! Se me ha olvidado una cosa. Voy a hablarle al padre Madruga.