El grupo entero que había bajado con nosotros salió a la calle. Aviraneta cerró la puerta.

—Volvamos arriba—me dijo—. Si nos preguntan por qué volvemos, decimos claramente que hay policía en la calle. Ahora ellos son cuatro; nosotros, tres.

—Ustedes serán también cuatro—dijo de pronto la voz de María Visconti.

—¿Está aquí María?—exclamó Aviraneta.

—Sí—dijo ella.

—¡Yo pensé que se había usted marchado!—exclamé.

—No; ahí arriba hay un hombre cuya vida me pertenece.

—¿Quién es?—dijimos Aviraneta y yo.

—El padre Madruga.