Quedamos siete en el cuarto: Freire, Magaz, el padre Madruga, María, el Majo, Aviraneta y yo.
Freire se iba poniendo pálido de miedo; Magaz estaba intranquilo, nervioso, pronto a saltar; el fraile, con las mejillas rojas, comenzaba a desvariar.
Miraba a María con asombro. La italiana tenía las pupilas dilatadas por la emoción, y en sus ojos había una inquietud y una negrura brillante que daba miedo.
Aviraneta bebía y se turbaba. Me chocó esto; Aviraneta tenía bastante prudencia y la cabeza bastante fuerte para no emborracharse, y, sin embargo, se dejaba ir, considerando quizá que un estado de semiembriaguez le serviría para fingir indiferencia y tranquilidad y no le estorbaría para obrar.
—Ustedes han comprendido lo que pasa—dijo el padre Madruga, creyendo que ya no podía disimular nada—. En esta Sociedad comenzaba a haber gente sospechosa, y nos hemos entendido con la policía para que vaya identificando a las personas que salgan de aquí. Esto a ustedes no les perjudica.
—¡Ah, claro!—dije yo.
—¿Y lo sabe Corpas?—preguntó Aviraneta.
—Sí. Yo no tengo desconfianza en ustedes—siguió diciendo el fraile—, porque no creo que ustedes sean masones, sino realistas y buenos cristianos.
—Eso por de contado—replicó Aviraneta, riendo—. Excelentes cristianos, aunque un poco borrachos; yo, al menos, por mi parte.
Hubo un largo momento de silencio.