De hacer la vida igual suegro y yerno, y de su identificación de ideas, habían llegado a parecerse, al menos, en la expresión, en los gestos y en la manera de vestir. Los dos decían las mismas cosas, con el mismo acento, el mismo accionado y la misma sonrisa.

Alzate era hombre rico; había traído de Méjico gran caudal, y además, joyas, cadenas de oro y otra porción de cosas.

Después de estar cerca de medio siglo en América, a José Antonio de Alzate le había entrado la avaricia por la tierra vasca; su afán, que había comunicado a su yerno, era acaparar todo lo que podía, intrigando, prestando.

Al mismo tiempo que esta furia de posesión, se le metió en la cabeza la idea de que no debía emplear el castellano, y hablaba vascuence hasta en los sitios donde no le entendían.

Alzate tenía varios caseríos en Oyarzun y por las mañanas iba a visitarlos; luego, por la tarde, se establecía en la Botica Vieja—así se llamaba a la de don Rafael—y, sentado cerca del mostrador, con las correas del bastón vasco alrededor de la muñeca, charlaba.

Al principio yo pensé que su cabeza andaba mal; pero después fuí comprendiendo que no oía y no quería parecer sordo.

Luego vi que tenía una memoria muy grande para las cosas antiguas.

Don Rafael me indicó que Alzate le había hablado, hacía ya mucho tiempo, de una historia ocurrida en Méjico, donde intervenía Aviraneta, y yo le rogué que le instara para que la contase de nuevo.

Don Rafael se prestó a ello y un día le dijo:

—Oye, José Antonio, ¿tú eres primo de Aviraneta?