—Sí.

—¿Y la sedujiste y la abandonaste luego?

—No, yo no la seduje ni la abandoné. Coral es una mujer lasciva. A los trece o catorce años había tenido amores con un viejo, amigo del padre, que le ayudó a pervertirla. Cuando la conocí yo tenía diez y seis o diez y siete años. Aunque yo en mi país sea de una familia más aristocrática que la de un simple hacendado rico mejicano, aquí, en Veracruz, era un pobre emigrado, obscuro y hambriento. Llegué a casa de los Mirandas recomendado y me puse a dar lecciones de francés a los dos hijos. Yo no soy muy decidido, y apenas me atrevía a hablar con Coral. Ella me provocó con sarcasmos por mi timidez; si había una barrera entre ella y yo, ella me convenció de que podía saltar esa barrera. Fuí el amante de Coral durante varios meses, y cuando ella me dijo que nuestros amores iban a tener fruto, yo me apresuré a decirle que debíamos casarnos, y que si no quería quedarse allí, nos iríamos a Europa. Ella no aceptó mi propuesta, y después supe que había llamado a una vieja india y que había abortado.

Esto fué lo que me contó Volkonsky—siguió diciendo Aviraneta—; y al llegar a Veracruz de vuelta de nuestra excursión por el Orizaba y los montes próximos, comencé a hacer indagaciones para averiguar la verdad, cosa no muy difícil en un pueblo pequeño como Veracruz y conociéndolo, como lo conozco yo, bien.

El capitán Gavilanes me llevó a casa de una india, celestina de gente rica, y ésta me contó los devaneos de Coral. Efectivamente, lo dicho por Volkonsky era verdad. La celestina me dijo el nombre del primer amante de la niña, un criollo que goza fama de hombre respetable en Veracruz. Después de sus amores con Volkonsky, la niña de Miranda se lanzó. Tuvo amores con un capataz mulato de su hacienda, y porque el mulato estaba en relaciones íntimas con una india, la mandó azotar a ella y luego a él lo tuvo cargado de cadenas. La celestina me ha asegurado que Coral, por intermedio suyo, ha tenido citas amorosas, aquí en Veracruz, con marinos extranjeros, a quienes no conocía de antemano.

—En fin—concluyó diciendo Aviraneta—; esta vieja me ha pintado a Coral, no como una mujer que puede haber marchado por el mal camino, sino como una hembra lasciva, mal intencionada y perversa. Tanto es así, que la india, al concluír de hablar conmigo, temblaba pensando en la venganza de Coral, y yo le tuve que dar algún dinero para que se marchara de Veracruz.

—¿Y ahora, qué vas a hacer?—le preguntamos mi tío y yo a Aviraneta.

—¿Ahora? Nada. Coral me escribió preguntándome por qué no iba a verla. Le contesté que tenía razones para no ir. Volvió a escribirme y a preguntarme qué razones tenía, y le contesté que lo sabía todo. Que no me obligue a dar explicaciones a su padre o a su hermano, porque sería para mí muy desagradable; pero si cree ella que debe vengarse de mí y me envía al hermano, al amigo o al amante, aceptaré el desafío en las condiciones que quieran.

Mi tío estaba espantado oyendo a Aviraneta.