Poco más o menos, al mismo tiempo que llegaba en el barco a Méjico el general don Juan Ruiz de Apodaca, venía Mina el mozo al mando de una expedición que organizó la masonería para favorecer la independencia de Nueva España.

Nunca pudo encontrar Mina el mozo peor ocasión. Apodaca fué un hombre que entró en la capital de Méjico mientras por las calles andaban a tiros, y al cabo de algunos meses imponía la paz y el orden en todo el vasto imperio mejicano.

Mina el joven, que era un aturdido, aceptó el mando de esta expedición sin pensar que no se debe pelear contra la patria. Su tío, el general don Francisco Espoz, nunca sancionó tal correría.

Javier Mina, a quien se llamaba Mina el mozo y Mina el Estudiante, salió de Liverpool y desembarcó en Norfolk, en Virginia.

Le acompañaba un cuerpo expedicionario de oficiales franceses republicanos, italianos y polacos. Entre ellos iba Volkonsky, muchacho joven que se había alistado en el ejército de Napoleón meses antes de Waterloo.

Volkonsky, a pesar de ser de familia aristocrática y católica, había sido muy republicano y muy patriota. Cuando nosotros le conocimos nos enseñó en la muñeca derecha un tatuaje, hecho por un compañero suyo al salir de Varsovia, con estas palabras: Libertas Poloniæ.

Después, algo avergonzado de aquella marca, se había quemado la muñeca para borrarse el tatuaje.

Volkonsky era un tipo muy fino, rubio, delgado, distinguido.

Después de Waterloo el regimiento de Volkonsky fué disuelto, y el polaco entró en la partida de aventureros capitaneada por Javier Mina.