Mina el mozo quería considerar su expedición no como antiespañola, sino como antimonárquica. Esperaba que al proclamarse la República en Méjico corriera por España y luego por Europa. Había dicho, con la petulancia de un mozo, que iba a encender en Méjico las fraguas de Vulcano y a lanzar desde allí sus rayos para abrasar los tronos de Europa.

Mina se entendió desde Virginia con los oficiales del general Lallemant, establecido en Tejas, y con varios que procedían de los cuerpos reformados de Napoleón que estaban en Nueva Orleáns, y, reunidos unos y otros, desembarcaron en Soto la Marina. Allí les esperaban algunos españoles, algunos indios y no muchos mejicanos para unirse con ellos.

El general Apodaca se dispuso a batirlos y comenzó a preparar sus fuerzas con calma.

Mandó vigilar la costa a la fragata Sabina y a las goletas Proserpina y Belona, que estaban en Veracruz al mando del general don Francisco Berenguer, y envió a luchar con Mina y los suyos a los regimientos de Navarra y Zaragoza y a los dragones de San Luis, San Carlos y Realistas, a las órdenes del mariscal de campo don Pascual Sebastián de Liñán.

Si Liñán era un hombre de talento, Mina no le era menos; y si los soldados de Liñán se batían admirablemente, los aventureros de Mina, franceses, ingleses, polacos y españoles, luchaban como fieras. Eran los extranjeros los que en medio de la indolencia y la estolidez americana sostenían la insurrección. Así, cuando Liñán tomó el fuerte de Comanja, dijo que garantía la vida de todos menos de los extranjeros, considerando extranjeros igualmente a los españoles recién venidos.

Mina el mozo, que era un caudillo de verdadero genio, había hecho destrozos en las tropas del rey, derrotando a las fuerzas del coronel Armiñán y a las del oficial Ordóñez, que murió en la acción.

Cuando Liñán apareció como jefe de todas las tropas que habían de luchar contra los insurrectos, los mejicanos se rieron de él; decían que un hombre tan pulido y tan afeminado no podía servir para la guerra.

Sin embargo, Liñán puso la campaña en buena marcha. Al poco tiempo derrotó a los insurrectos y los desalojó del fuerte de Comanja. Después comenzó a sitiar el fuerte de Remedios, ocupado por las tropas mejicanas insurrectas.

Mina, nada aficionado a encerrarse dentro de murallas, hacía correrías que desconcertaban a las tropas del Gobierno.

Liñán encargó primero al coronel Andrade, y luego al coronel Orrantia, para que persiguieran a Mina.