A la pregunta de Arteaga de quién podía ser el que había matado al polaco, Aviraneta no contestó.
Dos días después de esta conversión, Eugenio dió la orden de partida, y salimos de Veracruz.
En vez de marchar por el camino conocido, Aviraneta dijo que había que seguir otro itinerario.
Durante la marcha, los capataces afirmaron que Aviraneta no sabía lo que se traía entre manos; que aquel no era el camino para ir hacia el Orizaba; que nos estábamos alejando cada vez más.
Al quinto o sexto día, al anochecer, nos acercamos a un gran bosque de cedros americanos. En el lindero del bosque Aviraneta mandó hacer alto, cenamos y, después de ordenar a unos cuantos indios dirigidos por un capataz que guardasen nuestros caballos y nuestros equipajes, nombró una pequeña tropa de ocho hombres, entre los que estaba yo, y mandó que cada uno llevara fusil, pistola, machete y municiones en abundancia, y así, armados hasta los dientes, nos internamos en aquella selva. Había una calzada grande en medio que cortaba este bosque; pero Aviraneta no quiso seguirla, y marchamos paralelamente a ella por entre los árboles.
La luna, muy redonda y rojiza, aparecía en el cielo con una aureola amarillenta.
A las dos horas o dos horas y media de marcha entramos en una vega feraz cruzada por un río, con grandes extensiones de tierras de labor. En medio había una casa amplia con ventanas y galerías que brillaban a la luz de la luna. El humo salía blanquecino en aquel momento de una chimenea. Cerca de la granja se distinguía una capilla con su cruz, y alrededor, chozas pequeñas desparramadas por el campo.
Al ponernos a la vista de la casa, por orden de Aviraneta dimos un rodeo, metiéndonos por un barranco, que él, sin duda, calculó bastaba para ocultarnos. Estos detalles de estrategia denunciaban en Eugenio al guerrillero.
Salimos cerca de la alquería, y Aviraneta destacó cuatro hombres para que espiaran y nos anunciaran con una seña a los cuatro que esperábamos si salía alguno de la granja.
No tardó media hora en aparecer una mujer. Los cuatro marchamos en la dirección que nos indicó el espía, y sin que diera un grito la cogimos, la atamos y la llevamos dentro del bosque.