Yo hasta entonces no sabía que aquella casa que estábamos sitiando era la de don Luis Miranda y que en aquel momento se encontraban allí sus hijos, don Fernando y Coral.
A la india, a quien habíamos prendido, le hizo Aviraneta algunas preguntas que me sorprendieron, entre ellas si sabía de un gringo a quien habían matado allá. Ella dijo que no sabía nada.
Se le amenazó con darle tormento, se le dijo que se le colgaría y se le pondría fuego a los pies. Ella permaneció tranquila sin contestar.
En vista del mal resultado de las preguntas y de las amenazas quedó la vieja india a mi cargo para que no se escapara y fuese a dar parte a sus amos de lo que ocurría, y Aviraneta y los otros dos volvieron hacia la granja.
Pasé unos momentos malos dentro del bosque; la vieja, atada, me lanzaba unas miradas que me llenaban de espanto. Yo no sé qué maldiciones debía estar echándome en su lengua. A la hora próximamente vino uno de los nuestros corriendo a decirme que me reuniera con ellos.
Habían prendido a un viejo capataz, y éste, asustado por las amenazas de atormentarle, cantó de plano.
Dijo que Coral había mandado al gringo rubio, a Volkonsky, una carta diciéndole que fuera a su casa a despedirse de ella.
El gringo fué a la granja; estuvo hablando con la señorita, y en el patio, al ir a marcharse, dos indios apostados allí le mataron.
Al verlo tendido en el suelo, ella preguntó:
—¿Está muerto?