—Sí, mi ama—contestaron los indios.

—Cortadle la mano derecha y enterradle.

El viejo capataz dijo que el gringo rubio había sido enterrado en el corral de la casa, en un ángulo, cerca de un banco con una cruz. Por lo que dijo, era fácil saltar la tapia y entrar en el corral.

Se llevó a la india y al capataz viejo a una choza, se les encerró allí, se sujetó la puerta por fuera, y nosotros, los ocho, cogimos azadas, palas y picos, y uno tras otro saltamos la tapia de la casa de Miranda.

Encontramos el sitio indicado por el capataz, que se señalaba por estar la tierra removida, y nos pusimos a cavar.

Realmente la escena era fantástica: dos de los nuestros trabajaban con el azadón y la pala, mientras los otros, en acecho, estaban con las armas dispuestas para disparar.

Al cabo de unos minutos se dió con el cuerpo del polaco y se dejó a la superficie su cadáver, ensangrentado y lleno de tierra.

Aviraneta, con una serenidad tremenda, le registró los bolsillos y sacó una cartera abultada. Luego fué viendo uno a uno los papeles. Allá estaban los planos y los documentos de las minas. Ibamos a volver a enterrar al polaco cuando se oyeron voces en el patio. Alguien se acercaba.

—Cuidado—dijo Aviraneta—; si alguien viene, prendedlo sin ruido.

El que se acercaba era Fernando. Cuando estuvo a pocos pasos de nosotros quedó preso y con la boca tapada.