El espanto y la sorpresa lo dejaron amilanado.
De pronto se oyó la voz de Coral, que decía:
—Pero, Fernando, ¿dónde estás? ¿Qué pasa?
—No le hagáis nada—nos dijo Aviraneta, y avanzando exclamó:—Fernando está aquí, señorita. Mira en este momento con nosotros el cadáver de Volkonsky.
Un grito ahogado fué la respuesta de Coral; pronto logró calmarse y quedar tranquila. Coral contempló el cadáver del polaco a la luz de la luna.
—Su hermano, que la tiene a usted por un ángel—siguió diciendo Aviraneta—y a mí por un demonio, comenzará a comprender la clase de mujer que es usted. Verá que no sólo tiene usted amantes, sino que los manda matar cuando le estorban.
—Cuando me estorban, no: cuando me engañan—replicó ella.
Fernando lanzó un quejido lastimero. Aviraneta mandó que lo soltáramos.
—¡Pobre hermano! ¡Lo siento por él!—exclamó Coral—. ¿Van ustedes a dejar el muerto así?—preguntó luego.
Dos de los nuestros cogieron el cadáver, y después todos, con las palas, comenzamos a echar tierra encima.