—Y ustedes, ¿qué son?—me preguntó de pronto Coral—. ¿De la Justicia?

—No—contesté yo, secándome el sudor que corría por mi frente.

—¿Pues qué interés han tenido ustedes para venir aquí?

—Es que Volkonsky guardaba los planos de nuestras minas.

—¡Ah!—exclamó ella con desprecio—. Son ustedes comerciantes.

Realmente, lo lógico hubiera sido prender a aquella mujer y entregarla a los tribunales de Justicia; pero a ninguno se le ocurrió esto. Cuando concluímos de enterrar de nuevo el cadáver miramos a Aviraneta esperando sus órdenes, y por su indicación cruzamos el patio tras él y salimos al vestíbulo de la granja.

—Y con esta real moza, ¿qué hacemos?—preguntó de pronto Gavilanes.

—Amigo, allá usted—replicó Aviraneta—; esta real moza un día le dirá a usted que le quiere y al otro le cortará la mano... o la cabeza.

Ella nos miraba indiferente, con frialdad y con desprecio. Salimos de la granja, nos formamos y echamos a andar por el camino. Aviraneta temía que nos fueran a atacar; pero no nos atacaron.

A la mitad del camino Gavilanes se retrasó; le esperamos, y no vino.