Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver a las tropas enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.
Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir de Chalon a los oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para impedir nuestra deserción.
Seguí con mis diligencias para alquilar un coche. No era esto fácil, ni mucho menos.
Todos los alquiladores tenían orden expresa de no dejar carruaje a ningún oficial prisionero.
El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa comprometida; había el peligro de ser delatado por algún patriota o, sencillamente, por un hombre de mala intención.
Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero no pude encontrar quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me alquiló un cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.
La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces, que los prusianos habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando rápidamente. Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y Schwarzenberg, que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la meseta de Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía legítima.
El pueblo estaba espantado; los bonapartistas aseguraban que todo se iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo faltaban; no había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían llegar a Chalon en una semana sin dificultad.
Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la calle, del avance de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me preocupaban más los proyectos de los franceses.
—¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?—le preguntaba.