—Unos dicen que les van a obligar a ustedes a salir de Chalon; otros, que les dejarán aquí para impedir que los aliados hagan daño en la ciudad.

En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos para agenciarme caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.

En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos acontecimientos consulté con madama de Montrever.

Ella era de la opinión que aguardara la llegada de los ejércitos monárquicos.

Esto le parecía lo más prudente.

Escapándome por un camino por donde se iban a retirar todas las partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de la frontera me exponía a ser preso.

Madama de Montrever suponía que en este caso lo pasaría malamente, pues las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de venganza contra los extranjeros.

—¿Y usted qué cree que debía hacer?—le dije.

—Yo, como usted, me ocultaría en una casa cualquiera hasta que entraran los defensores del rey legítimo.

Este consejo hubiera sido excelente con la seguridad de que el Gobierno francés no iba a tomar disposiciones nuevas respecto a nosotros y sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero los aliados estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que hallarían en su marcha.