—Bueno; vamos a hacer una intentona—dijo él—; ven a cenar conmigo.
—¿Y qué hago con mis cosas?
—Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona conocida.
—Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.
—No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas conmigo y que vendrás muy tarde.
Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la fonda. Cenamos, y después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó del interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.
—¿Para qué es eso?—pregunté.
—Para ti.
—No me lo pongo.