—Si es así, bueno.

Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de ella y de sus hijas.

Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la calle.

En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba enganchando.

—Buenos días, Juan—dijo Aviraneta.

—Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?

—Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?

—Sí, señor abate; pueden ustedes montar.

Subimos al carruaje. Las calles estaban muy obscuras, cubiertas de nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el agua al caer de los canalones a las aceras.

El coche marchaba en silencio.