Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de Saint-Laurent; no había un alma por las calles. Al acercarnos a la puerta de San Marcelo, la única por donde se podía salir, nos la encontramos cerrada.
—Me habían dicho que se abría al amanecer—murmuró Aviraneta, preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
—¿No es hora de que la puerta esté abierta?
—Sí—contestó el vecino—; sin duda, al guardián se le han pegado las sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo que caía sobre mí.
Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a abrir la puerta.
—¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo tendría nadie ganas de viajar?—le preguntó Aviraneta.
—No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
—Gracias, muchas gracias.