Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y después de mostrarnos los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba para almorzar. Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de sentarnos cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca atravesaba el campo.
Salimos a la ventana a ver aquellos famosos kaiserlicks.
Era una patrulla de doscientos hombres que iban a alguna descubierta. Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy raro y muy lujoso.
Pasaron al galope y los perdimos de vista.
Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos preguntó Corina qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por Suiza, subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.
—Va usted a tener muchas molestias en el viaje—le advertí yo.
—No me asusta el frío ni el cansancio; probablemente me divertiré presenciando escenas que no he visto.
Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.