—Ya no está—replicó él—. ¿Para qué lo necesita usted?

—Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.

—Pues yo soy el conde de Bubna—contestó él—. Voy a Lons. Esta noche preséntese usted en mi casa.

Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier. Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos nosotros a una posada.

Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que parecía una odalisca.

Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban alguna defensa contra los aliados.

Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.

Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.

Los documentos no nos los dieron en seguida.

Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y Excelencias fruncía el ceño.