Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.
Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.
Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes, intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones, la gente estaba sin salir a la calle.
Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares, donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que les parecía.
Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.
Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa. Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido que no nos dejaron dormir.
Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise ser más papista que el Papa.
Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del conde de Bubna.
Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.
Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.