Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que nos habían robado los almohadones.
Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que soldados borrachos.
En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.
Fácil era comprender lo ocurrido.
Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar; después paró la nieve y salió la luna.
Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.
Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para cubrirnos los pies.
Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.
Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde debíamos llegar se alejaban también cada vez más.
La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.