Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.

Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de kirsch; bebimos los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.

Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.

El frío nos había dado un gran apetito.

Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en marcha.

Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.

A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:

—¿De dónde han sacado ustedes este hombre?

—Es un español amigo mío—contestó Aviraneta, riéndose también.

Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al cruzar por allí, habían hecho mucho daño.