A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.

Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico.

A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.

Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía. Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.

Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul, sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas resplandecientes.

Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus ramas verdes de follaje.

En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro, todos los objetos parecían negros.

Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan sutil que se metía hasta los huesos.

Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si encontrábamos algunos kaiserlicks o gendarmes que vinieran a registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía negruzco en una hondonada cubierta de nieve.