Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más de una legua de larga.

En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo enganchamos.

Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos, hasta acercarme al pueblo.

Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.

—Bueno, pues avisaré a mis amigos—dije, y me acerqué al trineo con el guardia.

—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.

Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:

—¿Está lejos la casa del alcalde?

—No, aquí cerca—contestó el guardia.