—Podemos ir en el trineo—le dijo Aviraneta—. Le haremos a usted sitio.

Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.

Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.

—¡Pare usted! ¡Pare usted!—gritó el hombre—. Ya hemos llegado, ya hemos pasado.

Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un cuarto de hora.

El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo el trineo.

—Mi querido amigo—dijo Aviraneta al amoscado guardia—: nosotros no teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se caliente el estómago.

El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó una monedita de oro.

—Puede usted elegir—dijo Aviraneta—entre marcharse incomodado y sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.

El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.