Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos azotaba la cara como si fuera polvo.
En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.
A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales, comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues. Estábamos ya en Suiza.
Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.
A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca. Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un magnífico fuego.
En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.
La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes ultraconservadores de Metternich.
A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.
Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de barbaridades de Eugenio.