—Creo que estamos entendidos.

Leguía habla en vascuence con Antula, le hace algunas recomendaciones y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la derecha a coger el camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el Inglesito, de Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo por la falda de Santa Bárbara.

Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo, con las pupilas azules brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena hasta los hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un aire salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en el aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras vamos andando por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la casa fuerte me grita, hablándome de tú:

—¡Baja!

—No, no—exclamo yo, y sigo a caballo.

El Inglesito hace lo mismo.

Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que en el pueblo llaman la Casherna. Antula vuelve a decirme:

—¡Baja!—pero yo sigo adelante a caballo y el Inglesito también.

Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con un piquete de realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en prensa mi cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.