A las doce de la mañana llegamos a una cañada, desde donde divisamos Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo.

De pronto Leguía se detiene.

—¿Ve usted—me dice—ese monte que está a un lado del pueblo con varios caseríos?

—Sí.

—Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho hacia el río que está allí—y señala un barranco,—hay una casa fuerte, la Casherna, y en la misma falda, al acercarse al valle por el lado más próximo a nosotros, hay un convento, el convento de Eztegara. La Casherna y el convento probablemente estarán ocupados por los carabineros.

—¿Y qué tenemos que hacer?—he preguntado yo.

—Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi segundo, y con cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e intentará parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y agitará un pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un pañuelo rojo y yo me acercaré a Casherna.

—Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden los del fuerte ¿qué hacemos?—he preguntado yo.

—Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la Casherna y se van ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al comienzo de este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre uno de estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la rendición. Usted entonces se acercará con su gente.