Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y dicen que se rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde quiera.

Acepto su proposición y los soldados se van.

El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el viejo cuartel, llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo, hacemos la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de capuchinos de Eztegara.

Este convento es un edificio no muy grande, con capilla, cementerio adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos almacenes y corrales de ganado.

Por las reglas de la Orden el tal convento debía ser un eremitorio de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la vivienda mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos. Está fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una muralla de ronda que rodea el rectángulo de sus campos, que por dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y Convetuco-Erreca.

Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento y entramos en un caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo la huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de manzanos, el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.

El convento tiene todas sus puertas y ventanas cerradas.

Los carabineros, en número de trescientos, se han encerrado ahí con su jefe D. Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos armados y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o parapetados, porque no se les ve.

Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado desde las ventanas el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuído la gente en Botinea para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.

En esto en una ventana del convento ha aparecido una bandera blanca.