—Ya le contaré a usted su vida más tarde.

Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y Leguía explica a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún resultado.


III.
EL LEÑADOR DE ANTULA

Zugarramurdi, 19 Octubre; por la mañana.

Escribo en la cocina de la posada, a la luz de un candil. Está apuntando el día, un día turbio, húmedo y triste. Hemos estado largo tiempo después de cenar, fumando, bebiendo y contando historias a la luz de la lumbre.

El Inglesito se nos ha reunido. Campillo, Malpica, Mancha y Leguía han contado las suyas; la que más me ha interesado, porque se refiere a un tipo como Antula que acabo de conocer, ha sido la de Leguía. Voy a transcribir su narración, no exactamente, porque el guerrillero navarro ha hecho una porción de divagaciones al contarla:

—La vida de Antula—ha dicho D. Fermín—está unida con la mía. Yo he nacido en Vera del Bidasoa, en Febrero de 1787, en el caserío que se llama Landaburuchipia. Esta casa era de mis abuelos maternos, Norberto de Fagoaga y Mariana de Alzate. Tenía veintiún años cuando los franceses entraron en España: no sabía escribir y apenas sabía leer. El oir los desmanes que hacían los franceses en nuestro país me impulsó a echarme al monte, y con Antula, que era un muchacho salvaje, leñador de un caserío del monte Larrun y cazador de jabalíes, me reuní al cabecilla Belza que operaba en las orillas del Bidasoa... No llegamos más que a intranquilizar al enemigo con alguna que otra correría de poca importancia. En un viaje que hicimos a Guipúzcoa, Antula y yo a recoger caballos, los franceses nos cortaron la comunicación con Belza y tuvimos que pasarnos a Vizcaya y a Santander. Allí tomamos parte con unos estudiantes en la acción de Santoña. Los estudiantes se batían sin orden ni táctica. En un encuentro que tuvimos en Santander el 17 de Julio de 1808 a Antula y a mí nos cogieron prisioneros y nos llevaron al Castillo Viejo de Bayona. Estuvimos presos setenta y cinco días, y el 2 de Octubre nos escabullimos él y yo, entramos en España y nos presentamos a la partida de Mina el Estudiante, que se llamaba el Corso terrestre. Mina había preparado el levantamiento de Navarra; en esta época varios generales franceses a las órdenes de Suchet, entre ellos el navarro Harispe, le perseguían. Javier Mina tuvo que esconderse; y como era hombre de muchos arrestos solía meterse en los pueblos ocupados por el enemigo, y presenció, vestido de aldeano entre un grupo de campesinos, el paso del general Suchet que iba de Zaragoza a Pamplona. En un pueblo que llaman Labiano, del valle de Aranguren, se nos echó encima una columna de tres mil hombres, e hirieron y cogieron prisionero a Javier Mina. La prisión de Mina produjo un desorden grande en sus fuerzas. Había por entonces tres partidas más en Navarra: la de Echeverría, el carnicero de Corella; la de Sádaba, y la del Pelado. Ni a Antula ni a mí nos gustaba reunirnos con esta gente de la Ribera, con quien no podíamos entendernos bien.

Estábamos vacilando, cuando apareció el tío de Mina, D. Francisco Espoz, mandando una partida con los restos de la de Javier Mina. Iban con él Mal Alma, el Chiquito de Tafalla, Tomasito el de Azcárate y otros.