—Bueno; pues escoge quince hombres y vete a la frontera de Francia, a la parte de las Cinco Villas, y te quedas allí de observación. Todos los caballos que cojas nos vendrán muy bien.

Escogí mis hombres y me vine aquí. Estaba entonces incorporado al cuarto batallón ligero de Navarra. Al poco tiempo se me presentaron varios jóvenes, amigos, de los caseríos inmediatos, que algunos todavía están conmigo: Martín Belarra, Erauste, Mendigorri y el leñador de Antula con su hermano.

Antula seguía tan salvaje, con sus pelos largos, su capucha, un hacha en el cinto y su perro al lado.

—Antula guizon fierra da—se decía.

(Antula es hombre orgulloso.)

Nuestra partida daba que hacer. Nos dedicábamos principalmente a quitar caballos a los franceses. En poco tiempo les cogimos en la orilla del Bidasoa más de cien caballos y les hicimos muchos prisioneros. Luego nos apoderamos del castillo de Fuenterrabía...; pero esto es capítulo aparte—dijo el guerrillero.

Con nuestras gatadas, el jefe de la Policía francesa de San Sebastián y el inspector de Irún estaban ojo avizor. Se pusieron de acuerdo con un capitán de la gendarmería para acabar con mi partida. Emplearon todos los medios de seducción. Habían puesto mi cabeza a precio y al mismo tiempo me mandaban recados para que me pasara a su bando. Una de las cosas que hicieron fué mandar a dos muchachas, que engatusaron al hermano de Antula y a otro mozo de mi partida y les citaron en un caserío de Sara. Cuando fueron los mozos los gendarmes los rodearon y los fusilaron.

Antula, que quería a su hermano, se hizo más fiero y más vengativo.

Un día el superior de este convento, en donde hemos estado hoy, el padre Romualdo, nos citó a Antula, a Martín Belarra y a mí; dijo que tenía que hablarnos.