La suerte hizo que confundiéramos la hora de la cita, y en vez de llegar al convento a las doce de la noche en punto nos presentáramos a las once. El portero nos abrió y pasamos. Entramos en el campo de delante de la iglesia, nos asomamos al claustro y vimos al prior hablando con diez o doce gendarmes.

—Son los gendarmes—me dijo Antula.—Estamos perdidos.

Retrocedimos rápidamente y salimos al patio.

Los gendarmes se dieron cuenta y avanzaron contra nosotros en la oscuridad; Martín Belarra llevaba el fusil, yo tenía pistolas. ¡Fuego!, le dije.

Disparamos los dos. Ellos nos contestaron con una descarga. Mientras tanto, Antula rompía la puerta de unos cuantos hachazos y nos escapábamos.

Sabíamos a qué atenernos respecto a los capuchinos de Vera. Estaban en relación con los franceses. Entre los frailes y los curas de entonces había unos muy patriotas que se habían lanzado al campo; otros, afrancesados, decían que lo mismo daba Bonaparte que Borbón.

Esta gente no se preocupaba, como nosotros, principalmente del interés patriótico, sino del interés de la religión. Sobre todo los frailes que habían quedado en las zonas ocupadas por los imperiales eran en su mayoría afrancesados.

Después de la emboscada que nos prepararon los capuchinos de Vera, temiendo las represalias el padre Romualdo reforzó la guardia del convento y llevó un retén de gendarmería.

El superior, ya desenmascarado, se puso claramente contra nosotros, e hizo que el dueño del caserío donde vivía Antula echara de casa a la familia.