Mi partida fué a protegerla con la intención de llevarla a un caserío de aquí, de Zugarramurdi; pero al pasar por Peñaplata, por la parte que llaman de las Tres Mugas, nos atacaron los gendarmes, y una bala perdida fué a dar en el hijo de Antula, que tendría dos o tres años, y lo mató en los brazos de su madre. Después los gendarmes entraron en el caserío de Antula, sacaron los pobres trastos al campo y les pegaron fuego.

La desesperación volvió loco al leñador, que se hizo más sombrío que nunca. La gente le tenía espanto. Todo el mundo se echaba a temblar cuando le veía, seguido de su perro, con sus ojos claros y brillantes, sus cejas rojas, su capisayo pardo y el hacha al cinto.

Tenía tal odio a los frailes, que si encontraba alguno en el camino sin más explicaciones le daba una paliza terrible. Al perro le pasaba lo mismo: siempre que veía un fraile se echaba sobre él y Antula le azuzaba.

Un día, después de la batalla de San Marcial, siendo yo teniente y Antula sargento, nos encontramos al padre Romualdo en una venta de Echalar en compañía de un oficial inglés y de un militar del Cuerpo del general Longa.

El padre Romualdo cantó la palinodia, y como tenía una mala idea de nosotros nos ofreció dinero.

—Ya sé que te perjudicaron los gendarmes quemándote los trastos de la casa—le dijo a Antula;—pues bien, para que no te quejes te voy a dar dos mil pesetas. ¿Estamos de acuerdo? Y tú me firmarás un recibo diciéndome que no te debo nada.

Antula callaba.

—¿Será tan vil para aceptar?—pensaba yo.

El padre Romualdo escribió un recibo.