A las diez en punto de la mañana ha comenzado el ataque a Vera. El primer empuje ha sido violento, tanto que nos ha hecho creer que los realistas tomaban el pueblo al asalto.
Ha habido que batirse a la bayoneta, a la entrada de las dos calles en cuesta que suben a la plaza.
Los nuestros no cejaban, y los jefes iban de aquí para allá, a los sitios de peligro, animando a la gente. Leguía no era un hombre, sino un terremoto; se agitaba, vociferaba, salía a las ventanas a insultar al enemigo. Hace un momento les gritaba:
—Yo soy D. Fermín Leguía, hijo de este pueblo.
Y los realistas le decían:
—Te conocemos. ¡Vendido! ¡Judío! ¡Traidor!
—¡Sois unas canallas!—vociferaba él, y disparaba su fusil.
En vista del número de enemigos y de su empuje, Butrón, López Baños y Valdés deciden la retirada.
Algunos oficiales han recorrido el camino que va a Francia, por encima del pueblo, y salen grupos a guardarlo.
Los oficiales, como los soldados, sabemos que no hay cuartel y que nuestro único recurso es la retirada, y la retirada lenta con serenidad y orden.