Leguía se acerca a mí.

—¿Ve usted aquella tropa?—me pregunta.

—Sí.

—Si pasan nos cortan la retirada y nos cogen a todos. Voy con mi gente a detenerlos. Cuando no podamos más nos dispersaremos. Conocemos el país. Encontraremos sitio donde escondernos. Tienen ustedes que apresurar la retirada. Dígaselo usted a Valdés.

No tengo yo autoridad para hacer desistir a Leguía de su intento. Don Fermín reune su gente, y uno detrás de otro, a la deshilada, corriendo por entre maizales secos, marchan de prisa hacia donde vienen los realistas y comienzan el fuego.

Yo recibo la orden de dejar el camino y subir adonde está Valdés.

En las fuerzas que mandan Butrón y López Baños hay más de treinta bajas entre muertos y heridos.

Comunico a Valdés lo dicho por Leguía.

No dice nada y da órdenes para que se apresure la retirada.

Los realistas no se dan cuenta del abandono completo del pueblo hasta media hora después de hecho. Han supuesto, quizás, que queríamos ahorrar las municiones.