Ya ha terminado nuestra empresa guerrera. Estoy ahora en la cama; la excitación no me deja dormir. Voy a continuar mi diario. A la salida de Achulecheco-borda, Ochoa, el Inglesito y yo tomamos posiciones con nuestra gente y las defendimos el tiempo necesario. Tuvimos un muerto, que abandonamos, y nos retiramos en formación sin dispersarnos.

Marchábamos todos con un orden verdaderamente admirable, cuando cerca de una cantera, a un cuarto de hora lo más de la raya de Francia, por un camino que sube de un barranco, apareció a nuestra retaguardia la cabeza de una columna de doscientos hombres pertenecientes al regimiento de Mallorca.

Por fortuna el camino era estrecho y los realistas venían en grupos poco compactos.

—¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!—gritaron ellos con entusiasmo al ver que rodeaban parte de nuestra gente.

Valdés, que venía muy atrás, estuvo a punto de quedar copado con cuarenta o cincuenta hombres que le rodeaban, cuando el coronel D. Francisco Cía y Azanza, que llevaba a sus órdenes diez y seis lanceros de la columna de Butrón, algunos oficiales de la Compañía Sagrada y dos o tres paisanos, entre ellos D. José María Trueba, en total unos veinticinco jinetes, dió la orden de cargar.

El terreno era malo, lleno de sinuosidades, de agujeros, de matorrales altos y espesos y de troncos de árboles tendidos en la tierra.

El pelotón de Caballería se lanzó contra los grupos del regimiento de Mallorca, que lo recibieron con una descarga cerrada casi a quemarropa. Cuatro jinetes cayeron muertos del caballo, entre ellos el ayudante de Caballería D. Mariano Amorós.

Pasado un momento de vacilación, los jinetes cargaron de nuevo.

—Libertad o muerte. ¡Viva la libertad!