Los sables brillaban como rayos, pinchando, golpeando y rajando. Ochoa, Malpica y el Inglesito con veinte hombres se metieron por entre los helechos y atacaron a los realistas del regimiento de Mallorca a la bayoneta, por el flanco y por la espalda.

Los realistas tuvieron que huir a la desbandada.

Las dos cargas nuestras hicieron que quedasen prisioneros diez soldados realistas, dos oficiales, los hacheros y la banda de tambores.

Valdés decidió quitar las armas a los enemigos y dejarles volver a sus banderas.

Ochoa, satisfecho, se pavoneaba y había adquirido tal confianza, que se creía invulnerable.

Subía a los altos para ver el avance de los realistas y permanecía quieto desafiando sus balas mirando con sus gemelos.

Al comenzar la tarde aparecieron en las cimas nuevos batallones, entre ellos uno de la Guardia Real que parecía querer cortarnos la entrada en Francia.

En este momento vi a Ochoa subido sobre unas peñas, tan cerca del enemigo, que quedé aterrado.

—Baja de ahí—le grité.

—¡Ca!—exclamó él.—No saben tirar.