—Loca criatura—murmuró el Inglesito.
—¡Baja!—volví a gritar yo.
—Si no saben apuntar.
Acababa de decir esto, cuando una bala le dió en la cabeza y cayó rondando por entre las peñas.
Nos acercamos a él. Estaba muerto. Tenía la cabeza abierta. Era un horror. Quise ver si respiraba, pero el Inglesito me agarró del brazo y me impulsó a seguir.
—No hay nada que hacer con él—me dijo.—Vamos.
—Sálvese usted—le dije yo.—Yo no puedo correr más... no puedo...
—Un esfuerzo...; ya nos falta poco. Apóyese usted en mí.
Iba corriendo, cuando metí un pie entre unas matas y caí de bruces. Cuando quise levantarme sentí que tenía el pie dislocado y que me era imposible andar.