—Yo no puedo más—exclamé.—Escápese usted.

El Inglesito me cogió por la cintura, me echó al hombro y siguió marchando. Yo iba llevado como por el viento.

Al tocar el territorio francés, el Inglesito vió que tenía que apresurarse si no quería quedar prisionero. Corrió llevándome a mí al hombro, saltando obstáculos por encima de las piedras y de los helechos.

Tras de esta carrera desenfrenada llegó al camino real, entró en un caserío de la carretera, cerca de Urruña, en donde salió una mujer apurada y me dejó tendido en un montón de helechos.

—Quédese usted aquí—me dijo.

—¿Y usted?

—Yo me voy—exclamó.—No quiero que me cojan los franceses—y sin más palabras desapareció.

Yo hubiese querido darle las gracias, decirle que si me necesitaba estaba dispuesto a pagarle su servicio; pero no tuve tiempo... Me incorporé sobre los helechos, me quité la bota del pie dislocado, que me dolía mucho, cortando los cordones y esperé con resignación.

Sonaban todavía tiros, cosa que no me explicaba yo estando, como estábamos, en territorio francés.

La mujer del caserío, que parecía más tranquila, me dijo que algunos de mis compañeros, muertos de fatiga y confiando en que estaban ya en Francia, se habían echado en el suelo a descansar. Su confianza les perdió, porque fueron fusilados por los realistas.