Se despidió Lacy de Sampau y Aristy siguió adelante en su tílburi.
Malpica y Lacy presenciaron, desde el fondo del carricoche, la división en grupos de los liberales españoles que hacían los oficiales franceses para enviarlos a los depósitos de Bourges, Perigueux y Limoges.
En los jefes liberales españoles se veía la cólera y la vergüenza de la derrota; los soldados se manifestaban indiferentes.
Ni para unos ni para otros el porvenir era muy halagüeño. El Gobierno francés les daría treinta céntimos de sueldo y una ración de pan a cada soldado y dos francos diarios a los jefes.
Malpica y Lacy cruzaron por entre sus compatriotas sin ser reconocidos y se dirigieron a Ustariz.
Por la tarde Alí se presentó en Frixu-baita con un carrito y un colchón a llevar al tío Juan a su casa.
Pusieron al guardabosque dentro del carro arropado con mantas, y Aviraneta y Alí se dirigieron por Saint Pee a entrar en los robledales del cantón de Ustariz.
Llegaron a la cabaña del tío Juan al amanecer.
Esta cabaña, Aldasoro de nombre, estaba rodeada de otras cuatro o cinco. En el interior esperaba el intendente Darracq.
—¿Usted va a Ustariz?—le preguntó a Aviraneta.